—Hola —dijo una voz áspera por el teléfono.
—Hola, ¿qué tal, amor? —contestó ella, un poco incómoda.
—Bien, bien… —dijo el otro sin ganas—. Sólo me preguntaba quién es Manuel, ¿tu nuevo amante?
—¡Perdón?
—Vania, mira, no finjas. Yo mismo te he visto besarle, saliendo de la oficina, hoy por la tarde.
—¡Yo no finjo! ¡Qué oficina! ¡De qué estás hablando, Enrique!
—Lo niegas… correcto. Entonces seré práctico: Vania, no quiero volver a saber de ti. No me llames, no me busques, no me escribas… nada.
—No, amor. Espera, escúchame…
—No tengo nada que escuchar, Vania. Que seas muy feliz con tu nuevo amor y adiós. Espero haber sido absolutamente claro.

Tras decir esto, colgó.

Vania quedó estupefacta. Sentada en la cama, miraba el teléfono, inmóvil hasta que una voz a su lado preguntó:

—¿Era él?
—Sí, era Enrique, Manuel —dijo ella, tras un suspiro—. Nos vio… ¡Nos vio!, ¿entiendes! Me acaba de llamar para decirme que lo nuestro se acabó y que no vuelva a hablarle más… Luego me cortó el teléfono… Así, sin más… —y, tras una pausa, agregó: —Me mató. Ya no existo.

Él exhaló con fuerza al oírle, tenso. ¿Qué hacer? ¿Ir a buscarle?, ¿quedarse allí?, ¿tratar de explicarle? Los pensamientos se sucedían fuertemente en la cabeza de esta bella mujer de veintisiete años y él veía cómo le hacían sentir culpable, sufrir, sin poder hablar, sin saber qué hacer. Quedó de una pieza. Vania rompió a llorar de nuevo. Él quiso caminar hacia ella, pero cuando el llanto dio paso a un griterío histérico, se detuvo:

—¡No! ¡No más! ¡Soy una cualquiera! ¡Una cualquiera! ¡Cómo es posible que haya hecho esto! —rompió a llorar. —¡Enrique… no! ¡Enrique! ¡No…! ¡Por qué…! ¡por qué…!

Los autoreproches continuaron. Él quedó inmóvil hasta que finalmente Vania cayó rendida. Manuel, cogiendo su saco, se despidió y se encaminó hacia la puerta.

—Hablamos en unos días, mejor —alcanzó a decir—. Descansa un poco y luego me llamas.
—Está bien. Perdóname la escena, Manuel. Tú, en realidad, no tienes la culpa. No debió pasar, simplemente.
—No hay nada que perdonar. Pasó y entiendo lo que esto ha sido para ti. Descansa y me llamas, ¿bien? Cuando estés lista. Yo no te llamaré.
—Está bien.

Y así, se fue. Fuera del hospedaje, Manuel pensó en Enrique. Su mejor amigo le había pedido tentar a su esposa. Lo malo fue que ella cayó.